Valles occidentales

En pocos lugares la naturaleza se manifiesta con tanto esplendor como en los valles occidentales de Enkarterri. Son los más alejados y bucólicos de la comarca. Entre sus cumbres y bosques se extiende una maraña infinita de caminos y más de doscientas grutas. Es un lugar de récords, de inmensas panorámicas de postal y sorpresas en cada esquina.

Iniciamos la ruta en Artzentales, un valle de lo más pintoresco, con sus caseríos desperdigados entre crestas peñascosas. Hubo un tiempo en que este idílico y silencioso lugar fue un gran nudo de comunicaciones ferroviarias. Los trenes partían desde las minas y surcaban el terreno camino de los cargaderos costeros. La infraestructura se desmanteló hace décadas y en su lugar encontramos la Vía Verde de los Montes de Hierro, que arranca junto a la estación del barrio de Traslaviña.

Enkarterri, con sus rutas y caminos interminables, es sinónimo de senderismo. El bosque de Tejea, en el enclave cántabro de Villaverde, nos adentra en uno de los parajes más exuberantes de la comarca, cubierto de hayas, robles o castaños. La naturaleza condicionó por completo la cotidianidad de los lugareños durante siglos. El Centro Etnográfico del valle nos brinda la posibilidad de viajar en el tiempo y conocer aquellos días.

La vecina Turtzioz es un municipio con sabor propio y una arquitectura de lo más pintoresco. El caserío trucense, una construcción a medio camino entre el baserri vasco y la casa
de montaña cántabra, se aparece junto a la cuenca del río Agüera con sus floridos balcones. Es una muestra más del resurgir de la comarca tras las cruentas guerras banderizas de la Edad Media.

La paz dio paso a una época dorada en la que por primera
vez se pensó en el ocio. Para amenizar las romerías después de misa se construyeron pequeños cosos taurinos junto a iglesias y ermitas. Podemos encontrarlos en Artzentales, Karrantza, Sopuerta y Turtzioz. Aunque
hoy por hoy apenas se celebran festejos, son perfectos para hacer un alto en el camino y disfrutar del entorno, como el complejo de San Antolín (Artzentales), con su ermita inacabada, el
ruedo y un pequeño merendero.

El telón de fondo de los valles occidentales de Enkarterri son los inconfundibles macizos kársticos que marcan el límite de parque natural de Armañón, entre Turtzioz y Karrantza. Gracias a estas formaciones
de piedra, Armañón goza de
un microclima especial que ha permitido que crezcan encinares y hayedos más propios del Mediterráneo a sólo unos kilómetros del litoral cantábrico.

El parque esconde en sus entrañas cerca de doscientas grutas, algunas abiertas únicamente a espeleólogos por su profundidad abismal, como
la Torca del Carlista, la mayor de Europa. La más conocida, por ser visitable, es la de Pozalagua, elegida Mejor Rincón de la Guía Repsol en 2013.

La cueva ejerce una fascinación insólita por su extraordinaria concentración de estalactitas excéntricas. Sólo en Australia se da un fenómeno de semejante magnitud. Son formaciones de apenas unos milímetros de grosor que parecen desafiar la gravedad con la multiplicación de formas caprichosas e imposibles. Conforman un mosaico deslumbrante que hace de esta cueva un lugar único en el mundo.

Frente a Pozalagua se encuentra el Centro de Interpretación del Parque Natural de Armañón. El Parketxea (La casa del parque) nos ofrece un mirador privilegiado de los montes de Armañón y Ordunte (declarados Zona de Especial Conservación y mejor conocidos por picos como el Zalama y Balgerri), de su flora y fauna y de las tradiciones del lugar. Dispone de una terraza con unas vistas magníficas del valle.

En el barrio de Ambasaguas encontramos la antigua fábrica de Dolomitas, otro de los exponentes del pasado minero de la comarca. En la cantera Donosa se extraía el mineral y se transportaba a las instalaciones de la fábrica en tranvía aéreo. La fábrica nos permite retroceder en el tiempo y conocer de primera mano la importancia
de la industria en el desarrollo de Enkarterri y Bizkaia.

El valle de Karrantza es el más extenso del territorio histórico y un excepcional destino familiar gracias a las infinitas posibilidades de la naturaleza. Karpin Abentura acoge a animales silvestres rescatados que ya no pueden ser devueltos a su hábitat. Son víctimas del tráfico o la caza ilegales y de abandonos, y aquí encuentran un hogar. Panteras, linces, ciervos, canguros, guanacos... Es una apuesta segura para quienes viajen en familia.

Karrantza cuenta también con un excepcional patrimonio artístico. Además de majestuosas mansiones de indianos, presentes en toda la comarca, destacan iglesias como la
de Biañez y sus pinturas renacentistas, descubiertas por casualidad durante unas obras en la parroquia. Los operarios desmontaron un retablo de madera y tras él emergió un fabuloso fresco renacentista que ocupaba toda la pared. Las pinturas, del siglo XVI, pueden visitarse con reserva.

La vecina Lanestosa, segunda villa encartada y la más pequeña de Bizkaia, apenas suma un centenar de habitantes y parece indemne al paso del tiempo. Sus callejuelas empedradas, anqueadas por casonas populares con balcones corridos, han conservado la misma estructura desde su fundación en el siglo XIII, junto con el puente medieval y los hornos caleros.

La villa ha sido testigo privilegiado de la historia desde tiempos inmemoriales y un enclave estratégico entre Cantabria y la Meseta. Ya era habitada en el Paleolítico, como demuestran las pinturas de la cueva de Los Judíos, reconvertida en Koben Koba, el primer centro de interpretación del arte rupestre paleolítico en Europa. La fosa se encuentra muy cerca de la ruta que siguió el emperador Carlos V en su viaje al monasterio de Yuste y aún hoy podemos recorrerla.

Los valles occidentales de Enkarterri conservan el sabor más auténtico de la comarca. A medio camino entre Santander y Bilbao, nos brindan la oportunidad de sublimar nuestros sentidos con las mejores vistas, de desconectar o activarnos en plena naturaleza
y de descubrir un patrimonio único y antiquísimo.

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